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La pena más profunda

Hay cosas que no se recuperan, la inocencia es una de ellas. No es una cuestión de edad, cuando la vida te revela algo que nunca antes fuiste capaz de ver, ya no puedes ignorarlo. No se les puede devolver el brillo a unos ojos que vieron de más, que se desgastaron con lágrimas y con la dureza de la realidad.

El aprendizaje siempre es bueno, te ayuda a madurar, pero lo que no te dicen es que con tu ignorancia se va una parte de ti que nunca volverá. Y te quedas, quizá incompleto, tratando de formar un nuevo tú, rellenando tus vacíos con lecciones y frases trilladas.

Solo a veces, mirando al cielo o escuchando el mar, recuerdas con nostalgia cuando todo tenía un sentido y te preguntas qué tan bueno fue crecer, si así tuvo que ser, si hubieses podido hacer algo diferente para evitar el cambio. Te preguntas si fuiste el responsable de perder tu identidad porque te niegas a aceptar que esta sensata y desconfiada versión de ti sea tu destino.

Inevitablemente la vida sigue, y cada paso que das te aleja más de quien un día fuiste. Tu cabello, tu piel, tu mirada, todo cambia y va dejando atrás restos de felicidad, de aquella que en una época sentiste a flor de piel, a todo volumen y sin vergüenza.

Y sí, puedes ser feliz, vivir rodeada de personas que amas y te aman, sentir calor en tu hogar y hacer lo que te gusta, pero siempre faltará algo, porque no puedes ser el de antes y el de ahora, porque cada decisión es una renuncia y no todo lo que dejamos atrás es malo pero estaba atado a lo que sí y no pudimos arrastrarlo.

Al final de todo, en tus momentos más tristes o en los más felices siempre recordarás que hubo algo en ti que ya nunca estará. Y llorarás con la más profunda pena, como se llora a los muertos, con la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Nunca se lo dirás a nadie, no compartirás tu duelo, cada uno en su jardín tuvo su propio entierro.

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