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Bondad

A veces subestimamos la bondad.

Se dice mucho de lo que hace por otros pero poco de lo que provoca en uno mismo.

La bondad cura el alma, una y otra vez, sin cansancio. La bondad nos protege de la envidia, del odio, de la indiferencia, de todo aquello que brota de la oscuridad que habita en nosotros.

Ella tiene buen sentido del humor y gran facilidad para manejar situaciones complicadas. No conoce la incomodidad, pues siempre está a gusto con lo que la rodea.

Muchos piensan que es peligrosa porque abre nuestras emociones y las entrega sin pedir garantías; sin embargo, es ella misma quien nos blinda de las decepciones y nos enseña a aceptar todo tipo de respuesta a nuestras acciones.

Un corazón bondadoso puede sonreír desde su centro a quien se burla de él, se alegra del bienestar ajeno aunque él mismo se esté hundiendo y lamenta el dolor de quien alguna vez lo lastimó.

La bondad es tan valiosa como escurridiza. Se asoma, si la dejas, entre sonrisas y le gusta volar alto sin paracaídas. Funciona mejor a escondidas pero va dejando rastros, huellas, migas, para que algún valiente lo vea y la siga.

La bondad nos salva de la vida, de esa vida que a veces es tan cruda, tan insípida. Nos alimenta y aligera a la vez, pero es una dieta difícil de entender.

En noches como ésta, y muchas más, se me antoja encontrar un plato de cereal en la cocina y un poco de bondad en mí.

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